Aceptamos una restricción de lo que querríamos comer y nos aferramos como un preso a los barrotes de su celda, mirando hacia afuera, contando los minutos y los segundos que nos faltan para recuperar la ansiada libertad. Lo primero que preguntamos al iniciar una dieta es: «¿Cuándo se sale?»

Nos sentimos miserables. Muchas veces eso se suma a la parte culpógena que llevamos dentro y nos sumamos interiormente a aquellos que nos desprecian y marginan por ser gordos.

Y juntamos rabia y rencor. Cada bocado del que nos privamos es anotado prolijamente en nuestro inconsciente que lleva la cuenta a la manera de un prestamista: «Me debés un chocolate» anota. Y a medida que pasan los días esos deseos de comer lo prohibido se van acumulando y reforzando a la manera de las aguas de un dique cuyas débiles paredes están formadas por esos pocos gramos que a veces nos regala la balanza.

Y así como un dique se resquebraja cuando la presión aumenta, comenzamos a tener conductas desprolijas, a picar, a probar, a decir «Total, un poquito ¿Qué me va a hacer?» y luego: «Ma’ sí, el día ya está perdido. El lunes recomienzo»

Y el dique se rompe. Y el prestamista se declara usurero. Y el alfajor que le «debíamos» hay que pagarlo con una caja de alfajores. Y así… El resto es historia conocida para los gordos: Un fracaso más en nuestra historia y van…