Cuando los gordos comenzamos una dieta, lo primero que preguntamos es: «¿cuándo se sale?», o sea, ¿cuándo podremos volver a comer de todo? Nuestra actitud es la misma que si hubiéramos entrado en una cárcel o en un sanatorio. Y nos comportamos como presos que van anotando en la pared de su celda la cantidad de días que le faltan para la ansiada libertad. Y maquinamos venganzas y fantaseamos atracones. La clave de toda dieta es la prohibición y según describió Lacán: «La prohibición engendra el deseo».

Y continuamos acumulando presión, hasta que un día algo sucede: la balanza no responde, o nos peleamos con alguien o alcanzamos un determinado peso o se enferma un ser querido, o… (complete usted con lo que desee) y llegamos a un punto de quiebre que yo bauticé como el punto del «Ma’ sí», porque decimos: «Ma’ sí, me cansé. Ahora como y el lunes arranco de vuelta». Y luego decimos «El día ya está perdido» y entonces, todo vale. Comemos cuanta cosa encontremos, en cualquier orden y en cualquier cantidad. Y el alud se precipita, y la bola de nieve no hace sino que aumentar y si el lunes recomenzamos el martes volvemos a suspender y… otra dieta más para nuestra historia. Y si bajamos cinco kilos en un mes y medio engordaremos siete en apenas dos semanas.

Podríamos comparar comer con comprar con una tarjeta de crédito. Porque en ambos casos hay una distancia entre el momento del placer (comprar, comer) con el del displacer: pagar el resumen, subirse a la balanza. Supongamos que usted ha decidido cuidarse estrictamente en los gastos porque está sobregirado, pero que se tentó y en un centro comercial se acaba de comprar un costoso par de zapatos. ¿Cuál es su reacción natural? Seguramente comenzará a devanarse los sesos para ver en qué puede ahorrar como una forma de compensar y minimizar las consecuencias de su exceso. Seguramente no se le ocurriría decir: «Ma’ sí: la semana ya está perdida» y a continuación comprarse cinturones, carteras, etc.

Y de esa manera obramos los obesos. ¿Estamos locos? No. La razón es que nos comportamos como los presos a cadena perpetua. Si un condenado a cadena perpetua logra escaparse y sabe que inevitablemente lo van a detener en pocos días ¿Porqué se privaría de hacer nada malo? ¿Por qué dejaría de robar, tomar, violar? Si igualmente lo van a detener y devolver a la cárcel y su condena no puede ser mayor.